Las armaduras de la huidiza Rapunzel
(Última edición 23/04/2013 - trabajo para la asignatura de "Liderazgo, Gestión y Organizaciones" - USACh/Chile basado en el libro "El caballero de la armadura oxidada")
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| La ironia de la posibilidad de felicidad dentro de cuatro paredes. (Foto: Disney) |
Jéssica Godoy (Edición "Sapo")
Estoy de nuevo en el pico de un sendero, pero ya no es el mismo. La condición se repite pero no la circunstancia. Es necesario saltar para sumergirme en mis memorias y también tomar coraje para autodescubrirme. El tiempo y el espacio son como un río: el agua siempre corre, pero se bifurca –siempre- como la primera vez.
Érase una vez una chica que nació y creció en una ciudad pequeña del interior de Brasil. Vivió con sus padres, hermano y algunas mascotas en una casa no muy grande. Sufrió bullying en la adolescencia, amores no correspondidos en la niñez y, como Rapunzel, sintió que la hermética protección de sus padres la pusieron en una torre sin puertas. La sensación que la gobernó por aquel entonces –así lo cree- fue la melancolía. Le gustaban los cuentos fantásticos, género por el cual comenzó a escribir.
Como un juego, escribir para ella siempre fue una diversión y al mismo tiempo una instancia de ensueño. Ejercitar la imaginación, jugar a ser Dios, tener el control sobre las acciones de los personajes creados, y –sobre todo- elegir espontáneamente los nombres de éstos, era lo que más le gustaba. Después llegaría el tiempo de las aventuras, las novelas policiacas y de suspenso. La consigna de escritura nunca dejó de ser la misma: viajar a un mundo intangible, imaginado, propio.
Adicta a las telenovelas, transitó su infancia contaminada de ficción. Por eso, no pocas veces creyó vivir en la época equivocada, al observar que las personas de su edad tuvieran hábitos en desacuerdo con el ideal que ella nutria. Eso se decepcionaba.
A sus papás no les gustaba viajar lejos. Un viaje a los trece años a otra provincia fue una de las cosas más importante de su vida hasta entonces.
He aquí que me suspendo y digo: fue coherente escribir en tercera persona el relato de mi infancia, pero ya no soy más aquella niña de diez años. La vida es una constante metamorfosis, necesito mi primera persona, atrás quedó el pasado.
La primera vez que yo tuve que enfrentar un “castillo” muy grande fue cuando comencé la escuela primaria. Mi papá me llevó al colegio y cuando entré él se fue. Me acuerdo como si fuera hoy: el ruido del auto partiendo y la saliva engullida en seco.
Hubo otros momentos también: el ingreso a la facultad, la finalización de un noviazgo. Fue una época muy difícil para mí. Descubrí que no sabía cómo lidiar con la frustración de perder a alguien y aceptar que no era mejor que nadie, que este tipo de cosas me podían también ocurrir. Mis pensamientos y mis lágrimas fueron mis compañeros por algunos meses. Tenía la esperanza de que aquel llanto oxidara parte de mi armadura para así poder tener nuevas perspectivas que me incitaran a crecer. Sentía amargura y no divisaba que aquel mal estaba haciendo de mí un fantasma: sin oportunidades, sin personas alrededor. Un fantasma.
Muchas personas para mi fueron como “Merlín”. Mis amigos, mis papás, mi hermano y mi perrita (que escuchaba también mis lamentos) ayudaron para que se comiencen a percibir en mi sendero algunas señales. A veces alguna canción, otras veces un mensaje en un mural cualquiera, funcionaron como oportunidades para que me hicieran ver que - a pesar de este mundo que no se detiene para que curemos nuestros sufrimientos- es a partir del dolor que nos tornamos más humildes y nuestro alrededor comienza a verse de una manera nunca antes vista. Por ejemplo: conseguí mi licencia para conducir que me dio la oportunidad de viajar –sola- por mi propia ciudad. Empecé a salir con mis amigos y conocí más lugares y más personas que poco a poco fueron convirtiéndose en mis amigos. Ingresé en cursos y en un proyecto voluntario que me hizo más flexible y aún más sensible. Descubrí que la felicidad solo puede ser satisfactoria cuando hacemos felices a otras personas.
Procuré rellenar el vacío que tenía con el supuesto amor de las personas y no percibí que lo que estaba queriendo en verdad con la caridad era la piedad. No tenía conciencia de que para lograr un amor tranquilo es necesario también sentirse como tal. Es como una carretera de dos manos. Antes que todo, antes que nada, faltaba algo esencial: amor propio.
Aquél sueño de chica de viajar, que se hizo posible en cuestión de dos semanas, consistió no obstante en un proceso interior de coraje. Soñaba con un intercambio a Perú, pero resultaba inverosímil en mi mente. Un día encontré un cupo que me encantó y se lo mostré a un amigo: “-Perú o Polonia: en los dos casos –me dijo- vas a estar sola y tendrás que hacer las cosas por ti misma-”. Decidí que quería lograr un paso más grande que mis propias piernas. Hice la entrevista, fui aceptada, compré el pasaje. Me quedé por dos meses, conocí cuatro países, pasé por diversas dificultades. Fue la experiencia más grande de mi vida, me hizo crecer a una velocidad feroz. No encontrando comparación, éste fue el dragón más fuerte y más monstruoso que yo pude confrontar.
En los castillos que enfrenté tuve que luchar con el silencio en varios momentos. Cuando llegué a Polonia no hablaba bien el inglés, tuve que escuchar más que hablar cosa que en mi vida siempre hice al revés. Sin duda fue la instancia que más aprendí al hablar el idioma. Por otro lado, aprendí mucho sobre el coraje, la humildad, la alegría, la tristeza, la ambición del corazón, las alas de la independencia, del equilibrio y, sobre todo, sobre el amor por sí mismo y por los otros. Notar, finalmente, que siempre somos la causa y no el efecto en cualquier situación de la existencia.
Tan pronto terminé el intercambio, ya estaba al mes siguiente haciendo otro. La segunda vez es siempre más fácil que la primera y de ese modo está aconteciendo aquí, en mi intercambio en Chile.
En un principio me sentía en una caja de fósforos: cuándo llegué transité un sofocamiento, por no conocer nada ni a nadie. No obstante, las experiencias hasta ahora me han hecho crecer de una forma pavorosa.
Ahora estoy en el suelo de nuevo. Puedo ver que tengo un ropero de armaduras, de las más diferentes todavía, pero están todas atrapadas en mí. Cada coraza que se oxida, es como un alivio y un paso para el autodescubrimiento y reconocimiento de que soy amor. Tengo que creer más en mis propias potencialidades, porque si no el miedo y la duda me van a consumir. Tengo que escuchar más. Ordenar mejor mi tiempo. Trabajar mejor mis emociones para que no afecten mis actividades del cotidiano. Ver más al desconocido como una invitación al crecimiento. Aceptar y vivir intensamente mi real condición.
Como el “rey”, es siempre necesario pasar por varios “Senderos de la Verdad”, diría que más que necesario es inevitable, lo mismo para desviarlo o para volver, las circunstancias y la gana de ser y hacer las personas felices nos retornan al sendero. La caminata solo está comenzando, hay una subida ardua por delante, es necesario pasar por los castillos indefinidamente, porque siempre habrá algo por lo que callar, escuchar, aprender, osar y conocer. Alguna parte de la armadura siempre tenderá a oxidarse y si no intentarnos traspasarla, iremos siempre a quedarnos al margen de nosotros mismos.


